11 de novembre 2007

Banderas, banderías y banderazos

Banderas, banderías y banderazos
José Antonio Pérez Tapias. Filósofo y diputado socialista

Con el trasiego en torno a la bandera que estas últimas semanas estamos padeciendo –motivos hay para temer que dure hasta las elecciones generales- me acuerdo de una de tantas frases sentenciosas de Elias Canetti: “Las banderas son viento visualizado”. Así es, y bien hace el escritor y Premio Nobel en hacernos observar tal cosa obligándonos a reparar, además, en que, con sus colores, no se trata de una mera visualización física, sino de una visualización simbólica. De ahí la potencia significativa de las banderas y su condición de símbolo sometido –todos lo están en una época descreída como la nuestra- al conflicto de las interpretaciones. El caso de las banderas es especial en cuanto a la capacidad de generar litigios en torno a ellas, habida cuenta de que surgieron en contextos de confrontación, como seña de identidad colectiva para señalar la diferencia con los otros, como emblema marcador del territorio en virtud del ondear sobre él, como referencia imprescindible para ejércitos en pie de guerra. Es decir, las banderas nacieron como símbolos en torno a la guerra, o cuando menos potencialmente belicosos, lo cual también se constata históricamente en la consolidación de las mismas como símbolos de las naciones que emergieron a través de conflictos entre Estados, de procesos de ruptura en algunos de ellos o por revoluciones en su seno que dieron paso a la conformación de una nueva realidad estatal desde la conciencia nacional. Todo ello se prolonga de alguna manera en las más diversas “banderías” que en torno a las banderas a veces se aglutinan.

Por fortuna, como tantas cosas en la vida de los humanos, a lo largo de los siglos también las banderas se han civilizado. Aparte del uso de banderas en contextos no políticos –banderas deportivas-, en el ámbito político encontramos banderas de paz, banderas bajo las que se reconocen Estados democráticos sin ardor guerrero y hasta banderas que pretenden simbolizar colectividades creadas más allá de identidades nacionales. Podemos traer a colación la bandera de la ONU o la bandera de la Unión Europea –no se nos escapa el significado en cuanto a la reelaboración simbólica de las soberanías nacionales (¡tan menguadas!) de las dificultades en el seno de la UE para lograr una aceptación por parte de todos los países miembros de una bandera común reconocida como tal, como se ha evidenciado en la tramitación del nuevo Tratado de la Unión ahora en curso-.

Con todo, el caso es que, con su carga simbólica, la cuestión relevante en lo que afecta a cada bandera, tomando pie del pensador de origen búlgaro y orígenes sefardíes con el que hemos iniciado nuestra reflexión, es la que se refiere al viento en que se mece. ¿Es viento democrático, de convocatoria a la ciudadanía compartida, de llamada al empeño colectivo en torno a objetivos de justicia? ¿O es viento de confrontación desatado por nacionalismos excluyentes, o activado por intereses espurios que enarbolan banderas de todos para encubrir pretensiones particularistas? En todas las “guerras de banderas” hay que hacerse estas preguntas para no quedar atrapados en conflictos de banderías. No olvidemos que las banderas son símbolos, con capacidad de incidir en los sentimientos y de movilizar las pasiones de los colectivos que se identifican con ellas, como el autor de “Masa y poder” nos recuerda, y que a los símbolos les pasa lo que al fuego: quien juega con ellos se acaba quemando.

La derecha española, con mucho de españolista, debería recapacitar sobre la manipulación que está haciendo de todo lo que afecta a la bandera de España, para no propiciar regresión alguna en el tratamiento civilizado y civilizador que en nuestra democracia hemos hecho de ella y de otros símbolos nacionales. Con intención de acapararlos, y de ostentar el monopolio en lo que respecta a la interpretación ortodoxa de lo que significan, lo que está haciendo es precisamente dañar consensos anteriormente logrados para que la bandera española sea de todos y provocar que, por el contrario, vuelva a ser signo de bandería partidista. Inevitable es tal lectura cuando se ve la resistencia que emana de la derecha a que el viento que mantiene en el aire a la bandera constitucional roja y gualda no sea compartido por las banderas de las respectivas comunidades autónomas, por lo menos, y también por la de la Unión Europea. Enarbolar unilateralmente la bandera de España, sin ni siquiera disimular descaradas pretensiones apabullantes y tics excluyentes, plasmados en el afán por colgar solitarias banderas de gran tamaño de enormes mástiles en plazas de evidente significación histórica, muestra un interés monopolizador e impositivo que no beneficia nada a la convivencia política en una sociedad tan compleja y plural como la nuestra. Y hay que añadir que los excesos de unos con sus banderas no justifican los excesos reactivos de otros con la que debe ser de todos.

Un poco de sentido común, subrayando lo de “común”, es necesario para un uso razonable de un símbolo con tanta fuerza y mucha historia detrás. Forma parte de ésta la desvalorización de los símbolos nacionales por el abuso que hizo de ellos la dictadura franquista, al considerarlos como exclusivos de la España nacional y católica frente a la “anti-España” que intentó liquidar, así como también es historia reciente el intento de recuperación consensuada de los símbolos políticos que hemos hecho de la mano de la Constitución. La lealtad a ésta, y el respeto recíproco que nos debemos como ciudadanos, incluye el no utilizar la actual bandera de España para andar a banderazos, sembrando discordia a cuenta de la crispación que electoralmente se quiere rentabilizar. Lo que es de todos, hagamos que efectivamente sea para todos.

(Artículo publicado en La Opinión de Granada el 7 de Noviembre de 2007)

VENEZUELA HACIA OTRA VICTORIA POPULAR

VENEZUELA HACIA OTRA VICTORIA POPULAR
Ángel Guerra Cabrera
08 de noviembre de 2007


El objetivo estratégico principal de Estados Unidos a escala internacional es derrocar a Hugo Chávez y arrancar de raíz la revolución bolivariana cualquiera que sea el costo en sangre. De lograrlo, Washington haría cambiar a su favor la correlación de fuerzas al sur del río Bravo: colocaría en una coyuntura muy delicada a Cuba, Bolivia y Ecuador y privaría a América Latina en su conjunto de los enormes recursos morales, políticos, humanitarios, económicos y geoestratégicos contenidos en el tándem Habana-Caracas. Por algo la CIA ha creado un departamento ad hoc para “ocuparse” de Cuba y Venezuela.

Abocada a la retirada o la estampida en Irak sin haber podido alcanzar el propósito de apoderarse del petróleo, la potencia del norte enfrenta en la escena mundial el ascenso imparable de China, Rusia e India, un Pakistán fuera de control –todos esos países con armas nucleares–, el incierto desenlace de la eventual aventura bélica en Irán y la verosímil amenaza de perder definitivamente su hegemonía económica. Resulta, pues, desesperadamente importante para ella recuperar, como sea, el antes exclusivo coto latinoamericano, lo que exige aplastar la creciente sublevación de sus pueblos. Pero lograrlo es una misión imposible mientras arda en Venezuela la llama de la rebeldía.

No estamos ante una novedad histórica. El imperialismo estadounidense nunca aceptó gobiernos populares en América Latina ni en los tiempos en que su posición mundial era mucho más sólida, aunque cumplieran escrupulosamente –como en Venezuela actualmente– con todos los requisitos de la democracia representativa. Basta citar como ejemplos en la segunda mitad del siglo XX el derrocamiento por medios violentos, con base en planes elaborados por Washington, de los presidentes Jacobo Arbenz (1954), Juan Bosh (1964) y Salvador Allende (1973). El siglo XXI se inauguró precisamente con el frustrado golpe de Estado contra Chávez (2002) y sucesivas intentonas desestabilizadoras, destacadamente el sabotaje a la industria petrolera (2002-2003). Pero no obstante que el líder venezolano ha salido airoso y fortalecido de todas ellas, Estados Unidos se emplea de nuevo a fondo para derribarlo.

Ahora bien, Hugo Chávez es un hueso muy duro de roer. Revolucionario brillante, poseedor de gran capacidad de maniobra, conserva y está en proceso de ampliar un apoyo popular cada vez más consciente en su país, su prestigio es ascendente en Latinoamérica y en el mundo, las encuestas revelan que ganará holgadamente el referendo sobre la trascendental reforma constitucional y cuenta con el respaldo de la fuerza armada. Por otro lado, la oposición/contrarrevolución está desmoralizada y desarticulada por las continuas derrotas ante su adversario y carece de importancia electoral.

Ya que en buena lid democrática es imposible vencer a los bolivarianos, la Casa Blanca se ha visto obligada otra vez a elaborar una estrategia supuestamente eficaz para acabar por la fuerza con Chávez y el aluvión de pueblo que lo acompaña. Para ello ha orquestado una campaña propagandística internacional destinada a presentar un ejercicio democrático ejemplar –el debate popular libérrimo y exhaustivo de la reforma constitucional venezolana y su inminente aprobación en referendo– como una maniobra de Chávez para perpetuarse indefinidamente en el poder y concentrar todas las decisiones. No importa el medio del sistema que sea en cualquier lugar del planeta: todos repiten lo mismo. Es la preparación sicológica de la opinión pública que precede a las agresiones yanquis.

Complementariamente, lanzar a la calle a los vástagos de la burguesía a ejercer violencia contra las fuerzas de seguridad, cometer actos de vandalismo y, sobre todo, provocar la represión, todo manipulado por la fábrica de mentiras como una rebelión estudiantil contra el poder constituido. El escándalo internacional abriría la puerta a la intervención extranjera. Pero lo que dio resultado en Serbia, Ucrania o Georgia, donde no había un movimiento popular ni un partido revolucionario organizados y en pie de lucha, fracasará en Venezuela, como veremos en las próximas semanas. Hugo Chávez ha llamado a sus partidarios a permanecer en la calle todo el tiempo que sea necesario y a luchar por el sí en el referendo dentro de las normas constitucionales.

Lo veremos: la contrarrevolución será derrotada por el pueblo movilizado y lo más que podrá conseguir su patrón imperialista es una mayor radicalización del proceso bolivariano. Allá ellos.

Ángel Guerra Cabrera

10 de novembre 2007

UNA OPINON SOBRE LA ACTUALIDAD DEL PSPV

UNA OPINIÓN SOBRE LA ACTUALIDAD DEL PSPV
Andrés Perelló
7 de noviembre de 2007

Quienes se preguntan si tengo opinión sobre la situación actual del PSPV saben que, efectivamente, sí la tengo. Me resulta más difícil opinar sobre física cuántica o los agujeros negros del espacio... pero sobre el PSPV ni es difícil opinar, ni es una entidad abstracta sobre la que cueste opinar. En tanto que organización política, pública, e instrumento de los progresistas para cambiar la sociedad y evitar los desmanes y las desigualdades que procura el egoísmo exacerbado de las derechas, está sujeto a la opinión pública y a la crítica.

La creación de cualquier Gestora es una respuesta a una situación irregular y por tanto es una solución excepcional, reglamentaria, desde luego, que responde a un "infrecuente político".

Quienes ocupan responsabilidades en una Gestora, yo las he ocupado en una ocasión, saben que tienen una legitimidad delegada y temporal por cuanto no han recibido el respaldo directo de los afiliados en un Congreso.
A partir de ahí, sus miembros deben ser consciente de que han de proceder de la manera más transparente, más dialogada y más imparcial posible.
Que pueden producirse tentaciones sectarias que supongan una involución en el grado de pluralismo conseguido hasta hoy, desde 1997, es una desagradable posibilidad. En la actual Gestora hay tanto personas que no han creído nunca en el pluralismo interno como otras que lo han defendido y lo seguirán defendiendo por coherencia con su concepción de la policía y del partido. El comportamiento de cada uno dará de sí lo que tenga que dar. Yo a priori confío en todas ellas.

Personalmente combatiré, si remotamente llegara el caso, todos los comportamientos que puedan tener visos de sectarismo. No hemos andado desde 1997 hasta aquí, para ahora tirar por la borda los avances conseguidos que, aunque ahora parezcan diluidos, son muchos, y con el tiempo volverán a manifestarse en toda su plenitud.

Lamento que la Gestora, además, se dé en las circunstancias que se ha dado. Ni el partido lo merecía, ni Ignasi Pla tampoco. Con independencia de los errores que se le puedan achacar en el asunto que ha provocado su dimisión, o en otros, lo cierto es que: ya había anunciado que no se iba a volver a presentar, que, acertada o no, hubo una decisión del Comité Nacional del PSPV que determinó que no se iba a dar un proceso congresual extraordinario, y en eso se estaba. Y que, más allá de los reproches o de otros análisis más profundos que se puedan hacer, lo que es evidente es que Pla aceptó y practicó el pluralismo y creyó que la iniciativa política desde el pluralismo es posible. Nadie estuvo sin poder opinar o estar representado en la dirección del partido. En lo que se refiere a la composición de la Gestora quizá, a priori, no podemos decir hoy lo mismo.

Y dicho esto, considero que el objetivo ahora es ganar las elecciones generales, que no es poco, contando con todos los que pueden, o podemos, aportar algo, y después preparar un Congreso Ordinario que nos dé una dirección legitima, plural y lo más preparada posible, para afrontar las elecciones de 2011 con posibilidades de victoria, que falta le hace a nuestra Comunidad.

Si la Gestora consigue hacerlo así habrá cumplido con éxito su misión. Si da muestras de tener otras tentaciones, se equivocará, logrará aglutinar un frente contra ella, y no habremos avanzado nada, aunque algunos crean que han recuperado alguna parcela que consideraban perdida.

A estas alturas de siglo, y con los años de partido que lleva la mayoría de nuestros militantes y la experiencia institucional que muchos tenemos, no tener amplitud de miras, no arriesgar a hacer de este partido el mejor instrumento de la izquierda para dar una alternativa a los problemas de los ciudadanos y a los que genera la derecha, sería un error que nos costaría muy caro. Que nadie se equivoque, los militantes de este partido quieren sentirse consultados, útiles a la organización, y no están muy dispuestos ya a aceptar decisiones tomadas en cenáculos o imposiciones de jefes de clan. No podemos aceptar en nuestro partido lo que rechazamos en la sociedad cuando lo hacen otros, la derecha del PP por ejemplo.

Y a los que hasta ahora no son más que compañeros que han manifestado sus aspiraciones de ser candidatos a Secretario General, él día que las norma internas lo establezcan, solo dos recomendaciones: que se olviden de lo suyo y se pongan en lo de todos, las elecciones generales, y no tengan prisa, cuando se abra el plazo tiempo tendrán de decir lo piensan y como piensan seducir a los afiliados para que les confíen la máxima responsabilidad de nuestro partido, porque hasta hoy, la verdad es que no han dado demasiadas muestras claras de lo que quieren como aspirantes a candidatos en su día. Ser candidato, y luego resultar elegido, es algo más que una cuestión de biología o de tener más o menos amistades. Hay que manifestar que se tiene una propuesta para el partido, un equipo competente, una trayectoria personal que avale lo que se dice, y capacidad reconocida para aceptar y afrontar todas las exigencias que la democracia y la izquierda plantean: tolerancia, voluntad de respetar el pluralismo, capacidad para proponer y para sostener lo que se dice y una honestidad basada en una ética con exigencia en lo político y en lo económica, y quizás algunas otras, pero creo suficiente con estos y con lo escrito hasta aquí, para que los que me reclamabais una opinión o los que decíais que estaba callado porque estoy en el Senado, tengáis una evidencia de que no es así.

Después de 30 años en la militancia política diaria, que alguno crea que el Senado es un lugar para comprar silencios me da risa, porque si lo tomo en serio me daría pena por las pocas luces que tienen esos planteamientos.