Banderas, banderías y banderazos
Banderas, banderías y banderazos
José Antonio Pérez Tapias. Filósofo y diputado socialista
Con el trasiego en torno a la bandera que estas últimas semanas estamos padeciendo –motivos hay para temer que dure hasta las elecciones generales- me acuerdo de una de tantas frases sentenciosas de Elias Canetti: “Las banderas son viento visualizado”. Así es, y bien hace el escritor y Premio Nobel en hacernos observar tal cosa obligándonos a reparar, además, en que, con sus colores, no se trata de una mera visualización física, sino de una visualización simbólica. De ahí la potencia significativa de las banderas y su condición de símbolo sometido –todos lo están en una época descreída como la nuestra- al conflicto de las interpretaciones. El caso de las banderas es especial en cuanto a la capacidad de generar litigios en torno a ellas, habida cuenta de que surgieron en contextos de confrontación, como seña de identidad colectiva para señalar la diferencia con los otros, como emblema marcador del territorio en virtud del ondear sobre él, como referencia imprescindible para ejércitos en pie de guerra. Es decir, las banderas nacieron como símbolos en torno a la guerra, o cuando menos potencialmente belicosos, lo cual también se constata históricamente en la consolidación de las mismas como símbolos de las naciones que emergieron a través de conflictos entre Estados, de procesos de ruptura en algunos de ellos o por revoluciones en su seno que dieron paso a la conformación de una nueva realidad estatal desde la conciencia nacional. Todo ello se prolonga de alguna manera en las más diversas “banderías” que en torno a las banderas a veces se aglutinan.
Por fortuna, como tantas cosas en la vida de los humanos, a lo largo de los siglos también las banderas se han civilizado. Aparte del uso de banderas en contextos no políticos –banderas deportivas-, en el ámbito político encontramos banderas de paz, banderas bajo las que se reconocen Estados democráticos sin ardor guerrero y hasta banderas que pretenden simbolizar colectividades creadas más allá de identidades nacionales. Podemos traer a colación la bandera de la ONU o la bandera de la Unión Europea –no se nos escapa el significado en cuanto a la reelaboración simbólica de las soberanías nacionales (¡tan menguadas!) de las dificultades en el seno de la UE para lograr una aceptación por parte de todos los países miembros de una bandera común reconocida como tal, como se ha evidenciado en la tramitación del nuevo Tratado de la Unión ahora en curso-.
Con todo, el caso es que, con su carga simbólica, la cuestión relevante en lo que afecta a cada bandera, tomando pie del pensador de origen búlgaro y orígenes sefardíes con el que hemos iniciado nuestra reflexión, es la que se refiere al viento en que se mece. ¿Es viento democrático, de convocatoria a la ciudadanía compartida, de llamada al empeño colectivo en torno a objetivos de justicia? ¿O es viento de confrontación desatado por nacionalismos excluyentes, o activado por intereses espurios que enarbolan banderas de todos para encubrir pretensiones particularistas? En todas las “guerras de banderas” hay que hacerse estas preguntas para no quedar atrapados en conflictos de banderías. No olvidemos que las banderas son símbolos, con capacidad de incidir en los sentimientos y de movilizar las pasiones de los colectivos que se identifican con ellas, como el autor de “Masa y poder” nos recuerda, y que a los símbolos les pasa lo que al fuego: quien juega con ellos se acaba quemando.
La derecha española, con mucho de españolista, debería recapacitar sobre la manipulación que está haciendo de todo lo que afecta a la bandera de España, para no propiciar regresión alguna en el tratamiento civilizado y civilizador que en nuestra democracia hemos hecho de ella y de otros símbolos nacionales. Con intención de acapararlos, y de ostentar el monopolio en lo que respecta a la interpretación ortodoxa de lo que significan, lo que está haciendo es precisamente dañar consensos anteriormente logrados para que la bandera española sea de todos y provocar que, por el contrario, vuelva a ser signo de bandería partidista. Inevitable es tal lectura cuando se ve la resistencia que emana de la derecha a que el viento que mantiene en el aire a la bandera constitucional roja y gualda no sea compartido por las banderas de las respectivas comunidades autónomas, por lo menos, y también por la de la Unión Europea. Enarbolar unilateralmente la bandera de España, sin ni siquiera disimular descaradas pretensiones apabullantes y tics excluyentes, plasmados en el afán por colgar solitarias banderas de gran tamaño de enormes mástiles en plazas de evidente significación histórica, muestra un interés monopolizador e impositivo que no beneficia nada a la convivencia política en una sociedad tan compleja y plural como la nuestra. Y hay que añadir que los excesos de unos con sus banderas no justifican los excesos reactivos de otros con la que debe ser de todos.
Un poco de sentido común, subrayando lo de “común”, es necesario para un uso razonable de un símbolo con tanta fuerza y mucha historia detrás. Forma parte de ésta la desvalorización de los símbolos nacionales por el abuso que hizo de ellos la dictadura franquista, al considerarlos como exclusivos de la España nacional y católica frente a la “anti-España” que intentó liquidar, así como también es historia reciente el intento de recuperación consensuada de los símbolos políticos que hemos hecho de la mano de la Constitución. La lealtad a ésta, y el respeto recíproco que nos debemos como ciudadanos, incluye el no utilizar la actual bandera de España para andar a banderazos, sembrando discordia a cuenta de la crispación que electoralmente se quiere rentabilizar. Lo que es de todos, hagamos que efectivamente sea para todos.
(Artículo publicado en La Opinión de Granada el 7 de Noviembre de 2007)
José Antonio Pérez Tapias. Filósofo y diputado socialista
Con el trasiego en torno a la bandera que estas últimas semanas estamos padeciendo –motivos hay para temer que dure hasta las elecciones generales- me acuerdo de una de tantas frases sentenciosas de Elias Canetti: “Las banderas son viento visualizado”. Así es, y bien hace el escritor y Premio Nobel en hacernos observar tal cosa obligándonos a reparar, además, en que, con sus colores, no se trata de una mera visualización física, sino de una visualización simbólica. De ahí la potencia significativa de las banderas y su condición de símbolo sometido –todos lo están en una época descreída como la nuestra- al conflicto de las interpretaciones. El caso de las banderas es especial en cuanto a la capacidad de generar litigios en torno a ellas, habida cuenta de que surgieron en contextos de confrontación, como seña de identidad colectiva para señalar la diferencia con los otros, como emblema marcador del territorio en virtud del ondear sobre él, como referencia imprescindible para ejércitos en pie de guerra. Es decir, las banderas nacieron como símbolos en torno a la guerra, o cuando menos potencialmente belicosos, lo cual también se constata históricamente en la consolidación de las mismas como símbolos de las naciones que emergieron a través de conflictos entre Estados, de procesos de ruptura en algunos de ellos o por revoluciones en su seno que dieron paso a la conformación de una nueva realidad estatal desde la conciencia nacional. Todo ello se prolonga de alguna manera en las más diversas “banderías” que en torno a las banderas a veces se aglutinan.
Por fortuna, como tantas cosas en la vida de los humanos, a lo largo de los siglos también las banderas se han civilizado. Aparte del uso de banderas en contextos no políticos –banderas deportivas-, en el ámbito político encontramos banderas de paz, banderas bajo las que se reconocen Estados democráticos sin ardor guerrero y hasta banderas que pretenden simbolizar colectividades creadas más allá de identidades nacionales. Podemos traer a colación la bandera de la ONU o la bandera de la Unión Europea –no se nos escapa el significado en cuanto a la reelaboración simbólica de las soberanías nacionales (¡tan menguadas!) de las dificultades en el seno de la UE para lograr una aceptación por parte de todos los países miembros de una bandera común reconocida como tal, como se ha evidenciado en la tramitación del nuevo Tratado de la Unión ahora en curso-.
Con todo, el caso es que, con su carga simbólica, la cuestión relevante en lo que afecta a cada bandera, tomando pie del pensador de origen búlgaro y orígenes sefardíes con el que hemos iniciado nuestra reflexión, es la que se refiere al viento en que se mece. ¿Es viento democrático, de convocatoria a la ciudadanía compartida, de llamada al empeño colectivo en torno a objetivos de justicia? ¿O es viento de confrontación desatado por nacionalismos excluyentes, o activado por intereses espurios que enarbolan banderas de todos para encubrir pretensiones particularistas? En todas las “guerras de banderas” hay que hacerse estas preguntas para no quedar atrapados en conflictos de banderías. No olvidemos que las banderas son símbolos, con capacidad de incidir en los sentimientos y de movilizar las pasiones de los colectivos que se identifican con ellas, como el autor de “Masa y poder” nos recuerda, y que a los símbolos les pasa lo que al fuego: quien juega con ellos se acaba quemando.
La derecha española, con mucho de españolista, debería recapacitar sobre la manipulación que está haciendo de todo lo que afecta a la bandera de España, para no propiciar regresión alguna en el tratamiento civilizado y civilizador que en nuestra democracia hemos hecho de ella y de otros símbolos nacionales. Con intención de acapararlos, y de ostentar el monopolio en lo que respecta a la interpretación ortodoxa de lo que significan, lo que está haciendo es precisamente dañar consensos anteriormente logrados para que la bandera española sea de todos y provocar que, por el contrario, vuelva a ser signo de bandería partidista. Inevitable es tal lectura cuando se ve la resistencia que emana de la derecha a que el viento que mantiene en el aire a la bandera constitucional roja y gualda no sea compartido por las banderas de las respectivas comunidades autónomas, por lo menos, y también por la de la Unión Europea. Enarbolar unilateralmente la bandera de España, sin ni siquiera disimular descaradas pretensiones apabullantes y tics excluyentes, plasmados en el afán por colgar solitarias banderas de gran tamaño de enormes mástiles en plazas de evidente significación histórica, muestra un interés monopolizador e impositivo que no beneficia nada a la convivencia política en una sociedad tan compleja y plural como la nuestra. Y hay que añadir que los excesos de unos con sus banderas no justifican los excesos reactivos de otros con la que debe ser de todos.
Un poco de sentido común, subrayando lo de “común”, es necesario para un uso razonable de un símbolo con tanta fuerza y mucha historia detrás. Forma parte de ésta la desvalorización de los símbolos nacionales por el abuso que hizo de ellos la dictadura franquista, al considerarlos como exclusivos de la España nacional y católica frente a la “anti-España” que intentó liquidar, así como también es historia reciente el intento de recuperación consensuada de los símbolos políticos que hemos hecho de la mano de la Constitución. La lealtad a ésta, y el respeto recíproco que nos debemos como ciudadanos, incluye el no utilizar la actual bandera de España para andar a banderazos, sembrando discordia a cuenta de la crispación que electoralmente se quiere rentabilizar. Lo que es de todos, hagamos que efectivamente sea para todos.
(Artículo publicado en La Opinión de Granada el 7 de Noviembre de 2007)
