ELECCIONES GENERALES 9 M: I EL RUIDO Y LAS NUECES.
Francisco Pérez Baldó. Sociólogo.
Desde el día en que José Ignacio Wert saliera a las páginas de un diario de tirada nacional a entonar el “mea culpa”, por los pronósticos errados de todas las encuestas, incluso las realizadas a pie de urna, las agencias de sondeos han extremado las precauciones. Eran las generales de 1996, con pronósticos de hasta 12 puntos de distancia a favor del PP, que se resolvió por una mayoría estrecha. Desde entonces, la encuesta del CIS cuyo trabajo de campo contempla 18.000 entrevistas a domicilio, es un referente obligado del que pocos se atreven a marcar excesivas distancias. Tal vez por eso, a partir de la publicación de los datos del CIS, los 3,5 puntos que separaban al PSOE del PP, se estrecharon a un margen de 1,5 puntos. Decisión salomónica que nos sitúa dentro del margen de error de cualquier encuesta electoral –lo que todos coinciden en calificar como de empate técnico-, en definitiva, el pronóstico aséptico de que cualquier cosa puede pasar.
Las encuestas son un instrumento válido de análisis, pero siempre que se las sitúe en el contexto adecuado, se observe la tendencia y se lea con detenimiento la ficha técnica. Desde ese punto de vista, la del CIS, es la que mayor garantía predictiva contiene, con independencia de que termine atinando o no.
El ruido está perfectamente representado por una legislatura dura, en la que el PP no ha dejado fuera del debate los temas más controvertidos, manteniendo en pie de guerra a un electorado que, en su ubicación ideológica, ocupa lugares próximos a los puntos 8 a 9 de la escala. Pero a última hora, en un giro Copernicano, se aparta de ese discurso durante la precampaña y, seguramente también lo hará en la campaña, recordando tardíamente que el voto de centro decide y no hay que asustarlo demasiado. En un malabarismo arriesgado, cambia su discurso queriendo hacernos creer que el que crispa es el señor Zapatero, que ellos no han sido. Me recuerda un antiguo chascarrillo popular, del niño que contesta a la madre ante la elección de la merienda entre chocolate y tajadas con lo de: Chocotajás. Lo que con el refranero en la mano nos lleva a aquello de “encender una vela a Dios y otra al diablo”. Y no es posible, porque se incurre en contradicción, y ser creíble es un elemento crucial en el discurso político en las sociedades mediáticas.
Las nueces, las han constituido las ofertas electorales, dosificadas convenientemente para tener acceso diario a los medios de comunicación, con flash efectistas dirigidos a colectivos concretos. Pero el error del señor Rajoy ha sido, el presentar algunas propuestas en negativo, como la del contrato con los inmigrantes, que ha desatado un aluvión de críticas por parte de las ONGs, que tienen poder mediático, sin contrapartida equivalente.
Con todo, en una campaña electoral no llega a discutirse más de dos puntos porcentuales de voto, lo que no es baladí para confirmar el triunfo o restar diferencias. Pero el PP venía ya con el trabajo hecho, como lo ponen de manifiesto las sucesivas encuestas. Su fidelidad de voto superaba el 80% del electorado afín, lo que unido a la mayor consistencia en acudir a votar, llega a la recta final con poco margen de maniobra. El PSOE si tiene recorrido en estos 15 días que faltan, ya que su potencial electorado repetiría su voto en el 73% y, la labilidad del voto joven, donde ostenta mayoría, puede inclinar la balanza.
Nos quedan los dos debates entre Zapatero y Rajoy que, con independencia de la valoración final que resulte de ganadores o perdedores, no se olvide, tendrá la virtud de movilizar el voto indeciso y, ese, ya queda dicho hacia donde se decanta.
El resultado final, el día 10 de marzo, con el veredicto de los ciudadanos que, dicho sea de paso, han sabido resolver a lo largo de la transición democrática el núcleo duro de la cuestión que se les planteaba. Desde mi punto de vista con acierto, aunque se puedan encontrar opiniones para todos los gustos dependiendo en qué dirección termina soplando el viento. Pero no lo olviden, el resultado final no se apartará mucho de los 3,5 puntos de diferencia iniciales.
fpbaldo@gmail.com Las Provincias, Alicante. Febrero 2008
ELECCIONES GENERALES 9 M: II LA MEMORIA DE LOS DATOS.
Francisco Pérez Baldó. Sociólogo.
La historia que se contiene en los datos electorales, permiten una lectura en profundidad que puede orientar predicciones futuras. Una encuesta se puede comparar con una fotografía, con una instantánea mejor o peor enfocada; las series estadísticas, en el símil que se plantea, pueden equipararse a una película con argumento. Naturalmente que caben muchas lecturas, yo pretendo proponer algunas.
La primera que planteo es que se fije la atención en el dato, de que ningún partido que accedió al poder estuvo menos de dos legislaturas consecutivas: UCD con el señor Suárez, PSOE con el señor González, PP con el señor Aznar y, de seguir la recurrencia, cabría pensar en una segunda del señor Zapatero. Planteado así sin más, puede parecer una simpleza, pero no lo es si lo enlazamos con el siguiente fotograma de la película. Los cambios de hegemonía partidaria en España, desde 1976 hasta la fecha, se han dado en presencia de acontecimientos de gran impacto social. Lo fueron las elecciones de 1982, que tuvo su desencadenante en el 23 F de 1981; también las de 1996 con la secuela de los casos de corrupción y el consiguiente despliegue mediático desde 1993; y finalmente, las de 2004, con el atentado islamista de la estación de Atocha en Madrid. La estrategia del PP, durante toda la pasada legislatura ¿no les sugiere algo? En efecto. La inercia del conjunto del electorado tiende a la estabilidad, lo que nos lleva a analizar el comportamiento polisémico del llamado voto de centro, de ese conglomerado de votantes a los que se les asigna, por algunos analistas, el poder demiúrgico de decidir las elecciones generales. Da la sensación de que tenga que sacudirse a ese elector con energía para que cambie el sentido de su voto. Puede decirse que se trata de un voto estatista, que tiene que ver con lo estable, lo establecido y, también, con la noción de Estado. Lo que le convierte en un elector “exquisito”, que toma sus decisiones de forma conservadora, entendiendo esta expresión en el sentido de mantener y no alterar lo que va bien. Para cambiar su cosmología de la situación política, hace falta algo más que expresiones ingeniosas y frases hechas ocurrentes.
Es un hecho admitido ya sin discusión que el triunfo de Felipe González en 1982 lo fue con una aportación importante de anteriores votantes de UCD, y no es menos cierto, que el largo camino del PP al centro le proporciona su primera mayoría absoluta en el 2000. En ese camino tuvo bastante que ver la mano experta del señor Arriola, del sociólogo de cabecera del señor Aznar, de don Pedro, cuya formación en enredos electorales se produjo fundamentalmente en los EE UU. La decepción de 1996, de la dulce derrota y la victoria amarga, les llevó al convencimiento de que sin el concurso de ese voto no se alcanzaban los diez millones de electores necesarios para una mayoría absoluta. Recordemos otro dato: en 1982 el PSOE obtiene 10,1 millones de votos y, en el 2000, el PP alcanza la cifra de 10,3 millones.
Pero jugar a aprendices de brujo, basar toda una legislatura en la predicción de catástrofes sin cuento, sobre todo, cuando estas no terminan de materializarse, se convierte en un bumerán que puede segarnos la cabeza. Para poder ensayar esa estrategia tiene que haberse producido el hecho en cuestión o, en otro caso, tener la certeza de que se va producir; no basta con rezar para que se produzca. Porque termina dando la impresión, a ese electorado que se pretende captar, el llamado de centro, de que realmente se ansía que las cosas vayan mal, lo que asusta y nos aparta de la “ideología” en la que se fundamenta ese votante.
La estrategia errática del primer partido de la oposición, que se empeña durante toda la legislatura pasada, en impedir sus posibles apoyos de gobierno ante un triunfo por mayoría simple: con el recurrente tema de ETA (cerrando la puerta del PNV), o el recurso de inconstitucionalidad contra el Estatuto de Cataluña (dando un portazo en las narices de CiU); esperando esa catástrofe que no llega, desaprovecha su última oportunidad con otro golpe de efecto. La cuestión económica, que no había merecido ni dos líneas de preguntas de control al gobierno en cuatro años, se convierte en el tema estrella en la recta final, pero con las Cortes ya disueltas y sin tiempo material de crear el escenario mediático apropiado. Se sacan un nuevo conejo de la chistera, el del señor Pizarro, que parecía nos venía a descubrir el Pacífico de nuevo, pero que terminó rindiendo sus naves ante un Pedro Solbes, que con un solo ojo, y sin necesidad de tener que mencionar ante lo de: “España va mal”, algo parecido a: “No para usted señor Pizarro, que acaba de embolsarse 2.000 millones de pesetas”; le sacó 10 puntos de ventaja jugando en un hipotético campo contrario. En honor a la verdad hay que decir, que el campo terminó siendo neutral y el árbitro no pitó ningún penalti.
Y para terminar esta segunda entrega, recordarles, que más fiable que los datos que aportan la intención de voto, ya sea directo o pasado por la cocina, lo es el hecho de que ningún candidato ha ganado nunca unas elecciones si no es reconocido como tal, ante la pregunta: Y ¿quién cree usted que va a ganar las próximas elecciones? No creo necesario repetir, los porcentajes que de manera consistente han proporcionado todas las encuestas publicadas hasta ahora, por ser de todo punto elocuentes y conocidos.
fpbaldo@gmail.com Las Provincias, Alicante. Febrero 2008
ELECCIONES GENERALES 9 M: III DEL VOTO ÚTIL Y OTROS DEMONIOS.
Francisco Pérez Baldó. Sociólogo.
La historia del llamado voto útil merecería voluminosos tratados y artículos en profundidad. Ha sido un tema recurrente en las llamadas al voto de la izquierda, pero poco usada en el discurso de la derecha. Y digo que no ha sido necesario el recurso a esa llamada en el voto al PP, que representa a la derecha por excelencia de un partido de ámbito nacional, porque están todos los que son y no se espera a nadie más. Lo que puede constituir una debilidad o, una fortaleza, depende de como se mire. Lo cierto es que cuando se acercan elecciones volvemos a escuchar ese discurso. Debería haber empezado por aclarar, que el voto no es de nadie más que del elector, que libremente deposita su papeleta con las siglas de su elección.
Quiero poner de manifiesto que le tengo un respeto real al señor Llamazares, no porque me caiga más o menos simpático, sino por su seriedad y ejecutoria política coherentes. Pero se confunde al encarar estas elecciones con el recurso al agravio comparativo, del doble rasero de nuestro sistema electoral, que lo tiene y es maquiavélico, cuando argumenta que IU necesita cuatro veces más votos en el conjunto nacional para obtener un diputado que los otros partidos y, acto seguido, lanza su proclama contra el voto útil. Y es un error, porque él mismo está dando el argumento indiscutible para que dicho voto útil se ejerza. Sobre todo, en aquellas circunscripciones en que el voto a IU no tiene ninguna posibilidad, contrastada por las sucesivas elecciones, de alcanzar un diputado. En la Comunidad Valenciana, para los próximos comicios, por motivos sobrados y conocidos. Y no se puede echar la reprimenda al elector, que racionalmente calcula, y no quiere ver que su voto se pierde entre las opciones sin representación. Es una trampa saducea de nuestro sistema electoral, pero una realidad indiscutible con la que hay que contar, hasta que no se decida moderarlo a una representación más equilibrada en función de la máxima democrática universal de un ciudadano un voto. La distorsión se produce por la representación territorial fija, de dos diputados por provincia y uno, en Ceuta y en Melilla, de los 350 que componen la Cámara Baja.
Las leyes electorales de las CC. AA. resuelven dicho reparto de forma diversa. En el extremo de la representación territorial nos encontramos con el País Vasco, que concede 25 diputados por provincia, sin tener en cuenta que Vizcaya tiene tres veces más población que Álava. Sin embargo, curiosamente, no escuchamos diatribas contra dicho reparto desequilibrado siendo la provincia de Vizcaya donde IU tiene mayores apoyos, tal vez por el acuerdo de rebajar la barrera electoral del 5% al 3%, lo que evitó convertirles en un partido extraparlamentario en esa comunidad.
Suavizar esas distorsiones en la representación, puede hacerse sin cambios en la Constitución, aunque la modificación de la Ley electoral requiera el acuerdo de los dos partidos mayoritarios. Se trata de utilizar la fórmula del sistema alemán. Si se incrementa el número de diputados a 400 y los 50 adicionales se reparten en función de los votos obtenidos a nivel nacional, como si de un distrito único se tratara, se compensaría el efecto que la ley D’Hont produce en la circunscripción provincial. El tercer partido en votos, que sale seriamente perjudicado en nuestro sistema proporcional, se vería compensado por la parte alícuota de los 50 diputados extras. Los que no estarán de acuerdo, seguramente, son los partidos de ámbito nacionalista, que salen reforzados por el actual sistema de reparto. Las razones de dicho desacuerdo pueden rastrearse en el hecho, de que perderían importancia relativa para sus negociaciones con el poder central, al dejar de ser decisivos en apoyos de legislatura, sacar adelante puntuales proyectos legislativos o, en definitiva, ser un actor central en la gobernabilidad.
La secuencia de la serie de voto en elecciones generales, del conjunto de la izquierda es, en buena medida, una historia del ejercicio del voto útil. Lo fue en las legislativas de 1982, en las que el PCE desciende peligrosamente hasta su mínimo histórico de 846.718 votos (nótese que en 1977 obtuvo 1.709.890 y en 1979 roza los dos millones de votos), y que se van recuperando en una especie de vasos comunicantes hasta un máximo histórico de 2.639.774, ya con las siglas de IU, en las elecciones de 1996. Recuérdese que son las generales en las que el PSOE pierde la hegemonía ostentada durante cuatro legislaturas sucesivas. Recordarán al menos los eslóganes que trataban de polarizar dicho voto. De una parte, las llamadas “a la casa común de la izquierda” y, como contrapartida, la política de “las dos orillas” del señor Anguita. En esas elecciones de 1996 la suma de los votos de IU y PSOE superaron los doce millones de sufragios, los del PP, en una sola canasta y con sólo 10.321.178, obtiene la mayoría absoluta. Los datos son tercos y los votantes de izquierda tienen memoria.
Las Provincias, Alicante. Febrero 2008